El bilateralismo comercial en perspectiva (II)

Juan Héctor Vidal:

La semana anterior nos referíamos a los resultados que arroja el CAFTA después de dos años de vigencia, sin obviar el hecho de que el tiempo transcurrido es demasiado corto para juzgar apropiadamente los beneficios. Centramos la atención en las exportaciones para ubicarnos en la línea de análisis del gobierno, sabiendo que las importaciones en teoría y, dentro de ciertos límites, también contribuyen a generar beneficios netos a las partes involucradas.

Valorar apropiadamente esos beneficios también obliga de despojar el análisis de toda connotación ideológica, porque esto no ayuda a esclarecer el falso dilema entre apertura y proteccionismo. Esto es lo central, a pesar de que la versión más aceptada actualmente acerca de las ventajas del comercio internacional no es muy diferente de la que tenían hace más de doscientos años los primeros economistas clásicos, comenzando por Adam Smith y David Ricardo.

Lo que en todo caso resulta claro es que el CAFTA, por ejemplo, es solo una expresión más —aunque sin duda la más significativa— de la política comercial externa que ha venido siguiendo el país durante los últimos dieciocho años, para acomodarse al signo de los tiempos. Como se sabe, esta política comenzó con nuestra adhesión al GATT en 1992, continuó con la apertura unilateral por los siguientes ocho años y se ha acelerado desde hace algún tiempo con la suscripción de acuerdos bilaterales. Aunque con menos limitantes que las inherentes a los tratados bilaterales, la misma segmentación de mercados se está perfilando con las negociaciones que se están llevando a cabo con la Unión Europea, al menos en la perspectiva de la Organización Mundial del Comercio.

En este marco, El Salvador ha firmado a la fecha siete tratados comerciales bilaterales, incluyendo los de reciente data con Colombia y Taiwán. Haciendo abstracción de estos últimos y del CAFTA, se puede constatar que los resultados globales obtenidos con Chile, México, Panamá y República Dominicana reportaron en 2007 exportaciones por US$ 205 millones e importaciones por US$ 1,180 millones. Consecuentemente el déficit comercial se situó en US$ 975 millones, que triplica exactamente el que se registró en 2000.

El desbalance de 2007 con esos cuatro países representó el 21% de la brecha comercial total del país, en comparación con el 48% de 2000. Sin embargo, esta reducción no debe interpretarse como un mejoramiento en nuestras relaciones de intercambio con estos socios comerciales. Más bien, datos más focalizados muestran que es a la inversa. El punto está en que el deterioro ha sido absoluta y relativamente mayor con el resto del mundo. Que nuestras relaciones no han mejorado frente a los mismos países lo demuestra el hecho de que la relación brecha comercial/intercambio pasó del 68% al 70.4% en esos mismos años.

Considerando los mismos países, únicamente con República Dominicana mantenemos relaciones superavitarias. Diametralmente opuesta es la situación con México, relación que en 2007 generó un déficit superior al 82% del total. La brecha frente a Chile alcanzó para el mismo año el equivalente al 14%.

Lo que revelan los resultados especialmente con estos últimos países es el escaso significado que ha tenido en las negociaciones el elemento “complementariedad”. En este sentido, no es del todo correcto partir del tamaño de la población de las contrapartes comerciales para extrapolar los beneficios de un tratado bilateral, al menos en términos estrictamente comerciales. El tipo de concesiones, a la luz de la estructura y fortaleza productiva de las partes, es determinante para un intercambio relativamente equilibrado y equitativo. Otra cosa distinta es el fenómeno de la creación o desviación de comercio que puede surgir a partir de esas concesiones recíprocas que constituyen, por definición, la esencia del bilateralismo.