Tiempos de turbulencia

Juan Héctor Vidal :

El editorial de LPG del miércoles anterior califica la situación que vive el país, no de catastrófica, pero sí de preocupante. Y la verdad es que hay muchas razones para compartir ese sentimiento, porque todo indica que estamos ante un panorama sumamente complejo. De hecho, al cúmulo de dificultades con las que a diario tenemos que lidiar como sociedad hoy se agregan elementos inéditos en el plano político y factores adversos —fuera de nuestro control— en el ámbito internacional. Al mezclarse, o por lo menos coincidir, ambos escenarios nos colocan frente a una encrucijada.

Si en circunstancias normales todo evento electoral ocasiona incertidumbre y aprehensiones, en esta oportunidad el escenario es más acuciante. Todo el mundo estaba pendiente de la definición del candidato presidencial del partido gobernante, porque de alguna manera ello creaba mayores inquietudes en algunos sectores. Ese paso ya se dio, pero es solo eso: un paso.

Y lo ponemos en estos términos, aunque estamos seguros de que de aquí en adelante ARENA va a hacer gala de toda su organización y recursos para enfrentar al adversario más visible, comenzando por enviar señales contundentes sobre la unidad del partido. El punto está en la confrontación inusual, que sin duda tendrá lugar en un terreno previamente abonado durante sus “primarias”. No puede esperarse otra cosa cuando sus propios aspirantes, en su afán de ganarse el favor de sus supuestos electores, dejaron entrever los déficit acumulados durante cuatro administraciones consecutivas, para regocijo —obviamente— de quien al final sería su adversario real.

En otro plano, cuando tocamos por primera vez en esta columna el problema de la crisis inmobiliaria de Estados Unidos (13/08/2007) ya las perspectivas no eran halagüeñas. Y lo planteamos así, a partir de los mensajes que en ese momento estaban enviando el presidente de la Fed y el secretario del Tesoro, que encontraron una respuesta inmediata, aunque insuficiente, en las autoridades monetarias de las otras dos economías más importantes (UE y Japón). A pesar de esa reacción colectiva, todo hacía pensar que lo peor estaba por venir.

Siete meses después, el panorama económico mundial se ha complicado y tanto organismos internacionales como los países más desarrollados han reducido sus expectativas de crecimiento. Al problema gestado en la economía más grande del mundo se ha agregado un incremento espectacular de los precios y la demanda de alimentos y materias primas a escala global, en donde el petróleo aparece una vez más en escena. Se sabe que este fenómeno está asociado con el crecimiento robusto y prolongado de economías emergentes particularmente las de China e India, que en los últimos años han estado definiendo la expansión de la economía mundial. ¿Pero qué pasará cuando la recesión de Occidente toque sus fronteras?

Sin embargo, sin duda por motivaciones políticas propias del momento, nuestras autoridades plantean la estabilidad macroeconómica como la tabla de salvación para el país, cuando ni la situación fiscal ni las cuentas externas respaldan esa premisa. Los niveles de inflación, en una economía dolarizada como la nuestra, tampoco parecen reflejar esa fortaleza. Por el contrario, la moneda nacional (el dólar estadounidense) se ha convertido en nuestra peor debilidad como resultado de la depreciación brutal que ha experimentado frente a las principales monedas de reserva, sin poder aprovechar esa circunstancia para exportar a nuevos mercados.

El editorial mencionado al principio hace prácticamente una invocación a la unidad nacional como se estila en las democracias maduras cuando pasan por momentos difíciles. El problema es que en nuestro caso, contrario a lo que se esperaba por ejemplo con los Acuerdos de Paz, no hemos sido capaces de construir un sistema político, económico y social a prueba de turbulencias. Por el contrario, únicamente hemos aprovechado las avenidas que abrió Chapultepec para facilitar más el desencuentro.