Ávila versus Funes: saber actuar versus saber solo hablar

Ivo Príamo Alvarenga :

El señor Mauricio Funes en sus años de entrevistador, su única ocupación conocida, era un prestidigitador de la palabra. La transformaba en zancadillas frente a personeros de la empresa privada, de ARENA, del Gobierno o simplemente personas que le eran antipáticas. La convirtió en alfombra roja tendida a la gente de izquierda, especialmente del FMLN. Su obra maestra fue, no obstante ese sesgo marcado y permanente, hipnotizar a mucha gente con la ilusión de que era imparcial.

Eso no es fácil; requiere talento y Funes demostró tenerlo. Estudioso, se preparaba puntillosamente para cada sesión y exhibía dominio del tema. Pero, en definitiva, la única cualidad que ha evidenciado en la vida es saber hablar. Que lo califica tal vez para ser un buen diputado, jamás presidente.

Probó ser hábil tendiendo celadas, poniendo en dificultades al interlocutor con preguntas concatenadas. Pero ha dado señales de torpeza al otro lado de la mesa. Con relativa facilidad lo confunden las interrogantes. La primera clamorosa fue cuando preguntado si Fidel Castro es un dictador dijo que no y admitió lo contrario. La más reciente fue declararse pro aborto para quedar bien con un público y luego enredarse al tratar de desenchibolarse. La agilidad mental para cuestionar se le escurre al ser cuestionado. Su mejor aliado, el habla, con frecuencia lo traiciona.

Rodrigo Ávila es lo opuesto. Su mayor galardón no es la expresión, sino la acción. Tuvo una educación superior de calidad y por su cuenta se hizo diestro en la teoría y el manejo de armas, de donde surgió su nominación primero a subdirector y luego a director de la naciente Policía Nacional Civil.

Fue a efectos prácticos de fondo su primer director, lo que significa que fue el encargado de trazar su esquema administrativo básico, nombrar los responsables, imbuirlos de sus tareas y velar porque las cumplieran. Como administrador, digamos que recibió críticas. Superadas por el arrojo con que se unía a los operativos y la imagen de honesto, valiente y dedicado que le ganó un gran cariño popular. La gente creía que hacía todo lo posible por combatir la delincuencia y exoneraba al Gobierno de su crecimiento. La consagración de Ávila fue en la toma de posesión de Flores, cuando el público lo recibió con una ovación en pie. Si en esos momentos hubiese sido candidato a la presidencia, habría ganado arrolladoramente a cualquiera.

Ahora le será menos fácil. Aparte del gesto hipnótico de Funes tiene por handicap objetivo el auge de la delincuencia, de la cual parte de la población engañadamente culpa al Gobierno y sus figuras clave, entre ellas Ávila. Deberá hacer una demostración eficaz de que la causa principal de la delincuencia es su propia complejidad, cuyo control escapa a quienquiera, tanto más a un mequetrefe improvisado: lo de mequetrefe no lo refiero a Funes. De que combatirla depende más del Órgano Judicial que del Ejecutivo y que este ha cumplido con su parte.

El perno de su campaña deberá ser un viejo y siempre actual aforismo latino “res non verba”, hechos, no palabras. Es mejor equivocarse por actuar que por hablar. Tendrá que reavivar su imagen sonriente, juvenil, cercano a la gente. No enemigo, pero distinto de los círculos privilegiados. Un representativo de la clase media triunfante, columna vertebral de este país, no de los resentidos sociales, que solo saben quejarse y culpar a los demás.