Roberto Rubio-Fabián:
No cabe duda de que, en términos económicos, lo que hoy más nos está preocupando es el incremento constante de precios de los bienes y servicios. La coyuntura es difícil y requiere prioritaria atención. Sin embargo, también hay que saber preocuparse por lo que por el momento no preocupa. Preocuparse no solo por lo que está pasando sino también por lo que pueda pasar, no solo por el corto sino también por el medio y largo. Y una de las cosas de próxima preocupación tiene que ver con la situación fiscal del país. Algo que parece no estar ahora en el radar de nuestras principales preocupaciones, y menos en el del ciudadano angustiado por la canasta básica, quien no come de las cifras macroeconómicas... aunque luego las padece.
¿Por qué ahora hay que preocuparse de la situación fiscal? O más específicamente ¿por qué los partidos políticos con posibilidades reales de ser próximo gobierno deben preocuparse seriamente de la situación fiscal? En términos generales, la respuesta es obvia: todo gobierno que quiera cumplir sus objetivos e impulsar sus proyectos necesita dinero suficiente para hacerlo. Si no lo hay, pues sencillamente no caminan los objetivos y proyectos gubernamentales. Más aún, si no hay finanzas públicas sanas no hay gobernabilidad.
¿Contará con dinero suficiente el próximo gobierno? Si se hacen bien las cosas (como avanzar en la reforma fiscal) y bajo un escenario no pesimista, habrá dinero suficiente para hacer frente a los gastos corrientes. Sin embargo, aun aumentando los ingresos tributarios hasta donde es más viable hacerlo en los próximos años, no habrá dinero suficiente para enfrentar dos cosas: a) el necesario impulso a la inversión pública, b) el pico de la deuda que existirá en el año 2011.
En efecto, aun incrementando la carga tributaria hasta donde parece ser viable en los próximos años, entre el 16%-17% del PIB, apenas lograríamos superar nuestros históricamente bajos niveles de inversión pública (alrededor del 3% del PIB). Por tanto, es previsible que el próximo gobierno difícilmente tendrá recursos suficientes para hacer una apuesta seria por impulsar la inversión pública, enfrentar el enorme déficit de inversión en salud, educación, vivienda, agua, etc., y mucho menos enfrentar la creciente demanda ciudadana por más y mejores servicios públicos.
El panorama se complica ante el hecho que a partir de 2009 se vence la mayoría de desembolsos de los créditos, los cuales han venido apoyando la realización de inversiones públicas. Por otra parte, tampoco tendrá dinero suficiente para responder a los pagos del pico de la deuda de 2001, los cuales se estiman en cerca de $1,200 millones. Y un gobierno sin dinero suficiente para impulsar la inversión pública y enfrentar sus compromisos financieros será un gobierno sumergido en un escenario de ingobernabilidad y en estado financiero crítico.
Pero la problemática descrita tiene soluciones económicas. Por una parte, los ingresos públicos insuficientes para responder a las exigencias de inversión pública, pueden ser complementados con nuevos créditos. Sobre todo si encontramos, como parece ser, créditos con bajos intereses y largos plazos. Ello a pesar de las restricciones crediticias que acompañan la actual crisis financiera internacional. De similar manera, enfrentar el pico de la deuda de 2001 también tiene relativamente fácil solución: hacer un “roll over” o reestructuración de deuda. Las dificultades son económicamente superables.
Ahora bien, resulta que ambas soluciones económicas (nuevos créditos y reestructuración de deuda) requieren de una solución política: aprobación de mayoría calificada en la Asamblea. Y dado que lo más seguro es que ningún partido tendrá mayoría calificada parlamentaria, luego el próximo gobierno, si quiere evitar el escenario de ingobernabilidad y estado crítico financiero, tendrá como imperativo el entendimiento con la oposición. En otras palabras, la gestión del futuro gobierno estará bien amarrada a la oposición, y será casi obligatorio que ARENA tenga que entenderse fiscalmente con el FMLN y al revés. Quienes crean que podrán evadir la necesidad de entendimiento con más fideicomisos o con la ayuda de Chávez están sumamente equivocados.
En fin, el diálogo fiscal es un imperativo para los principales partidos políticos (a menos que lo que impere sea la insensatez, la estupidez o la ignorancia). Estamos en una coyuntura propicia para iniciarlo, justamente porque no se sabe quién gobernará. Por el momento, ha sido Mauricio Funes quien ha expresado de manera explícita, seria y responsable su disposición a la búsqueda de entendimientos en materia fiscal. Habrá que esperar a ver qué dice Rodrigo Ávila al respecto.