Andrés Oppenheimer:
Miami. A juzgar por un nuevo ranking de los países de mayor desarrollo informático del mundo, muchos jefes de Estado latinoamericanos deberían gastar menos tiempo en propiciar revoluciones políticas, y más tiempo en lograr que sus países entren en la revolución tecnológica del siglo XXI. En momentos en que cada vez más presidentes latinoamericanos están proponiendo asambleas constituyentes para cambiar sus constituciones, o proponiendo otros cambios políticos que según ellos traerían la prosperidad a sus países, muchos en otras partes del mundo se están concentrando de lleno en modernizar sus tecnologías de la información.
Según el nuevo Reporte Global de la Tecnología de la Información dado a conocer por el Foro Económico Mundial, con sede en Suiza, América Latina tiene un desempeño bastante pobre. No hay un solo país latinoamericano o caribeño entre las 30 naciones más avanzadas en tecnologías de la información y la comunicación, aún a pesar de que Brasil y México están entre las 12 economías más grandes del mundo. El ranking de 122 países está encabezado por Dinamarca, seguida por Suecia, Singapur, Finlandia, Suiza y Estados Unidos.
Unos pocos lugares más abajo se encuentran Hong Kong (12), Taiwán (13), Israel (18), Corea del Sur (19), Estonia (20), Irlanda (21), Malasia (26), Emiratos Árabes Unidos (29) y Eslovenia (30). Aquí aparece el primer país latinoamericano: Chile, clasificado en el lugar 31 del mundo.
Irene Mia, la autora principal del reporte, me señaló una diversidad de problemas como excesiva regulación gubernamental, sistemas educativos deficientes, poca investigación. Los países de América Latina invierten un promedio de 0.5 por ciento de su Producto Interno Bruto en investigación y desarrollo, comparado con cerca del 2% que se invierte en Corea del Sur, Japón y Estados Unidos, según la Comisión Económica de Naciones Unidas para América Latina y el Caribe.
También falta capital de riesgo, hay impuestos excesivos y pocas garantías de respeto a la propiedad intelectual, lo que hace difícil que los emprendedores abran compañías de alta tecnología. Igualmente se nota un rol demasiado reducido del sector privado en la investigación y el desarrollo: mientras que en Estados Unidos, Europa y Asia la mayor parte de la investigación y el desarrollo de nuevos productos es realizada por el sector privado, en América Latina están a cargo de los gobiernos. En conclusión: en América Latina, hay mucho debate político, y muy poco debate tecnológico.
Cambiar las constituciones —como lo ha hecho Venezuela, o lo están tratando de hacer Ecuador y Bolivia— puede ayudar a sus presidentes a perpetuarse en el poder, pero difícilmente hará mucho por el crecimiento económico y la reducción de la pobreza.
Venezuela ha tenido 28 constituciones, y sin embargo sigue siendo un país rico repleto de gente pobre. Y tener presidentes que se concentran en temas políticos, mientras dejan que sus viceministros se ocupen de temas tecnológicos, como ocurre en otros países de la región, tampoco ayudará mucho.
En lo que fue un triste reflejo de las prioridades de muchos países de la región, la mayoría de los periódicos latinoamericanos de la semana pasada tenía en sus primeras planas titulares sobre los escándalos políticos del día, mientras que la noticia del ranking tecnológico estaba enterrada en las páginas interiores. Debería haber sido al revés.